Un lugar en el que las máquinas ferroviarias, tras años de servicio y miles de kilómetros sobre los raíles, acaban sus días marchitándose, sucumbiendo al implacable azote de la intemperie y el abandono, agregando así al emplazamiento una densa y melancólica atmósfera que casi puede escucharse gritar en silencio. Heridas por el óxido, estas viejas máquinas aguardan su destino final sobre los inertes raíles en desuso, descoloridas por las inclemencias de la dejadez y tatuadas con vistosos y profanos graffiitis, a modo de cicatrices por su larga estancia en este viejo desguace, así como por el poco respeto que sintieron algunos visitantes por estos inmóviles y vetustos cadáveres de metal. Todavía parecen reverberar los sonidos residuales propios de este tipo de maquinaria, como traqueteos metálicos, el punzante y agudo chirrido del freno, o el estruendoso rumor de la locomotora a todo gas, surcando el viento incesantemente sobre las vías de todo el país. Ya nadie se en...